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¿Se justifica tomar el Simce a todas las escuelas del país?

Columnas de opinión

4 noviembre, 2013

Columna de María Paz Domínguez publicada en El Dínamo el 24 de octubre de 2013.   En reiteradas oportunidades hemos oído la metáfora del SIMCE como un “termómetro” que nos permite saber cuán enfermas o sanas están las escuelas de nuestro país. A raíz de la columna de Sebastián Izquierdo, publicada el día 21 de […]



Columna de María Paz Domínguez publicada en El Dínamo el 24 de octubre de 2013.

 

En reiteradas oportunidades hemos oído la metáfora del SIMCE como un “termómetro” que nos permite saber cuán enfermas o sanas están las escuelas de nuestro país. A raíz de la columna de Sebastián Izquierdo, publicada el día 21 de octubre en el Diario La Tercera, donde se reitera dicha metáfora quisiera que pudiéramos ver los siguientes párrafos como una invitación a profundizar dicho ejemplo y los supuestos en los que se basa.

 Es innegable que el SIMCE cumple ciertas funciones en nuestro sistema educativo.  Como menciona el señor Izquierdo, este instrumento no sólo informa las decisiones de los padres, sino que también es utilizado como un mecanismo de rendición de cuentas de los fondos públicos y permite identificar a aquellas escuelas en necesidad de apoyo. Se trata entonces de un termómetro que mide la fiebre y esta medición se utiliza para verificar el buen uso de fondos públicos, las necesidades de apoyo de los enfermos e informa el proceso de decisión de los padres ya que estos pueden evaluar el “estado de salud” de la escuela en cuestión.

Me pregunto entonces si saber cuánta fiebre tiene un enfermo es información suficiente para el proceso de toma de decisiones aquí señalado. Creo que el problema del SIMCE como termómetro es que, dadas sus limitaciones, mide sólo la fiebre, es decir, la capacidad de nuestros estudiantes para identificar la respuesta correcta. Ello, cuando en realidad la enfermedad de algunas de nuestras escuelas es pulmonía, tifus o hepatitis (la escasa capacidad de pensamiento crítico que están desarrollando en sus estudiantes o los contextos de vulnerabilidad en que se pretende que el aprendizaje suceda). Estamos entonces en un escenario donde con el termómetro SIMCE, el Estado mide sólo la fiebre, a la vez que está empeñado –al igual que las escuelas- en bajar la fiebre sin atender a las causas reales de la enfermedad.

¿Es posible sanarse si lo único que estamos diagnosticando es la fiebre? No. Si bien, como menciona el señor Izquierdo, la agencia de calidad amplía el diagnóstico a otras áreas, no podemos olvidar que estás otras áreas pesan en conjunto un tercio del puntaje total. El grueso del diagnóstico de una escuela (dos tercios) sigue siendo el SIMCE, es decir, la fiebre. Las escuelas entonces pueden ser desahuciadas si tienen fiebre muy alta por cuatro años, sin que ni siquiera sepamos la enfermedad que las aqueja.

John Seddon, académico inglés, nos puede ayudar a pensar más profundamente en el rol que juegan los indicadores (los termómetros) en los sistemas sociales. Según Seddon, el indicador (el termómetro) es aquel instrumento que debe medir si se está alcanzando o no el propósito de un sistema en lugar de generar un propósito de facto a través de una medición arbitraria. Si el sistema educativo tiene un propósito (que lo tiene), el termómetro debiera medir cuán lejos o cerca estamos de alcanzarlo, ¿cierto? ¿Está el SIMCE midiendo la capacidad del sistema para ayudar a los niños en su desarrollo personal? ¿O en su capacidad de convivir con otros? ¿O de participar en la comunidad? ¿O de contribuir al desarrollo del país?

Créalo o no, todos ellos son los propósitos que el sistema educativo chileno ha definido para sí mismo en la Ley General de Educación y resulta a lo menos dudoso que el SIMCE, como “termómetro”, nos esté ayudando a saber si estamos alcanzando dicho propósito. Es así como el SIMCE se ha ido transformando en un propósito en sí mismo. En lugar de ser un medio para evaluar el estado de avance hacia un fin, con el tiempo el SIMCE se ha ido transformando en un fin en si mismo. Las escuelas entonces destinan tiempo, recursos y esfuerzo a “subir el SIMCE”, se dedican a “bajar la fiebre” como si bajarla fuese el propósito de su trabajo. Olvidando así que el propósito (definido en la LGE) es que nuestros niños tengan las capacidades necesarias para conducir su propia vida, convivir con otros, participar en la comunidad y contribuir al desarrollo del país.

¿Se justifica entonces tomar el SIMCE a todas las escuelas del país? Se justificaría si el SIMCE estuviera midiendo cuán cerca o lejos están las escuelas de conseguir el propósito que como país le hemos fijado a la educación. Lo demás son sólo distracciones.

 

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