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Presidenta, tenemos que hablar de educación parvularia

Columnas de opinión

27 mayo, 2015

Columna de Catalina Estévez, historiadora del equipo de Desarrollo y Relaciones Internacionales de Educación 2020. Publicada originalmente en Cooperativa. Sí, de cierta manera es absurdo imaginarse a las guaguas, niñas y niños más pequeños marchando, balbuceando, entre mamaderas y pañales desechables, consignas por el derecho a una educación gratuita, equitativa y de calidad.¿Es que acaso […]



Columna de Catalina Estévez, historiadora del equipo de Desarrollo y Relaciones Internacionales de Educación 2020. Publicada originalmente en Cooperativa.

Sí, de cierta manera es absurdo imaginarse a las guaguas, niñas y niños más pequeños marchando, balbuceando, entre mamaderas y pañales desechables, consignas por el derecho a una educación gratuita, equitativa y de calidad.¿Es que acaso la única posibilidad de visibilizar y dar prioridad en la agenda pública y mediática a la educación parvularia, sería imaginado una escena de realismo mágico? Porque convengamos que, si bien las palabras necesidad e importancia se repiten en cada discurso sobre la Reforma Educativa, los hechos – o la ausencia de éstos- demuestran que no es un tema prioritario para el país.

No es antojadizo afirmar, que en la educación inicial está la clave para combatir la vergonzosa desigualdad entre los niños y niñas más pobres y los más ricos, que se hace tan evidente en la educación escolar. Los niños nacen iguales, tienen las mismas posibilidades de desarrollarse, pero la segregación social y la tremenda inequidad que existe en nuestro país tempranamente afectan sus vida y truncan sus expectativas de futuro; a los tres años de edad ya se puede distinguir una brecha –que se irá acentuando con el correr de los años- en el desarrollo cognitivo y socioemocional, entre los niños y niñas de los primeros y últimos quintiles.

La educación inicial es, entonces, la mejor arma para luchar contra la desigualdad, en el momento propicio, antes que la brecha se convierta en abismo.

Conociendo esto ¿por qué nos quedamos en las buenas intenciones, los discursos políticamente correctos y en las declaraciones de voluntad, y no pasamos a los hechos concretos?

Los anuncios en la cuenta pública del 21 de mayo son positivos pero insuficientes. Celebramos el aumento de cobertura en educación parvularia de 124 mil nuevos cupos y la reorganización de éstos en base a la demanda que se estima para cada nivel educativo en los próximos años.

Pero, ¿y qué hay sobre la calidad? Echamos de menos en el discurso presidencial anuncios orientados a la mejora sustantiva de la calidad en todos los establecimientos de educación parvularia.  En este sentido, es categórica la premisa que afirma que una educación sin calidad puede llegar a ser perjudicial para los niños y niñas.

¿Y qué se entiende por una educación parvularia de calidad?  Una educación que tenga como objetivo principal el bienestar del niño y se sustente en el enfoque de derechos. Abarca además múltiples dimensiones como los tamaños de los cursos, la formación docente,la infraestructura y mobiliario adecuado, marcos curriculares flexibles, material didáctico amigable e innovador y acciones orientadas alinvolucramiento con las familias.En esta oportunidad relevaremos dos fundamentales: los coeficientes técnicos y la formación docente.

La primera dice relación con la proporción de adultos por niños en una sala.  En la actualidad esta proporción está normada por el decreto 115, que establece estándares para los jardines infantiles muy por debajo de lo que se podría considerar un programa de calidad.  Sólo para que se hagan una idea, la norma vigente señala que en un establecimiento de educación parvularia, en promedio, debe existir una educadora cada 37 niños.

¿Qué impacto puede tener el desarrollo, aprendizaje y bienestar de un niño un modelo que contempla estándares de guarderías? La respuesta es obvia, se requieren coeficientes técnicos muchos más exigentes, que en promedio no supere la proporción de 19 niños por educadora.

Adicionalmente, si cambia la normativa, por otra de mayor exigencia, aumentaría la demanda de educadoras, a lo menos en 15 mil, y como anualmente egresan alrededor de 1.500 educadoras de carreras de educación parvularia, tomaría casi diez años cubrir la necesidad de nuevos profesionales que se genere.

No obstante, este déficit podría ser cubierto antes del tiempo que estimamos.Depende, en buena parte, de la existencia de una carrera docente atractiva y desafiante que contemple formación continua y sustantivas mejoras laborales- como remuneraciones y aumento de horas no lectivas- que incentive a más jóvenes a estudiar pedagogía en educación parvularia. En este punto, es un avance significativo la incorporación al proyecto que crea un Sistema de Desarrollo Profesional Docente a las y los educadores que se desempeñan en colegios subvencionados por el Estado.El punto preocupante de la iniciativa es que posterga hasta el 2020 el ingreso de las y los educadores que trabajan en jardines infantiles y salas cuna Junji e Integra.

Presidenta, tenemos que hablar. Es urgente la necesidad de concentrar todos los esfuerzos en una educación parvularia de calidad que sea equitativa e inclusiva. No podemos esperar a que las guaguas marchen por sus derechos para darle la prioridad que requiere. Ya no bastan los consensos sobre su importancia, ni los discursos sobre lo bueno y lo bonito. Es el momento de actuar.

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