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En la crisis de los 30: el SIMCE debe pasar del papel a la acción

23 mayo, 2018

No cabe duda de que el SIMCE es un termómetro de la calidad de los aprendizajes y una herramienta clave para la toma de decisiones de política educativa. Pero, ¿cómo ha cambiado  en estas tres décadas? ¿Ha cumplido el propósito con el que fue creado? ¿Cuáles son los desafíos que tiene este instrumento? A continuación, […]



No cabe duda de que el SIMCE es un termómetro de la calidad de los aprendizajes y una herramienta clave para la toma de decisiones de política educativa. Pero, ¿cómo ha cambiado  en estas tres décadas? ¿Ha cumplido el propósito con el que fue creado? ¿Cuáles son los desafíos que tiene este instrumento? A continuación, intentamos responder estas preguntas a través de una mirada retrospectiva de sus 30 años. Este año, el SIMCE está de aniversario. Cumple nada más ni nada menos que 30 años, una edad siempre adecuada para hacer una retrospectiva y evaluar los logros que se han tenido en la vida, en este caso, específicamente cómo ha aportado a la educación chilena. Para hacer este ejercicio, comencemos con un poco de su historia. Fue en 1988 cuando se aplicó por primera vez la prueba SIMCE. Según especificaba la autoridad a La Tercera, el objetivo era “obtener información sobre la calidad de la educación (…), con el fin de buscar las estrategias necesarias para corregir aspectos deficitarios y reforzar aquellos que se encuentran en mejor nivel”.

La Tercera, miércoles 26 de julio de 1989

En su debut fue aplicada a estudiantes de 4° y 8° básico. ¿Los resultados? Ya en esos años los estudiantes, en promedio, sólo cumplían con la mitad de los objetivos en las asignaturas evaluadas. Tal como se muestra en la imagen, la prensa de entonces consignaba que “Alumnos de cuartos básicos alcanzaron un 54,2% del cumplimiento de los objetivos académicos en Castellano y un 51,8% en Matemática”.

El Mercurio, miércoles 26 de julio de 1989

Primeros cambios En 1994, la prueba se extendió a estudiantes de 2° medio y, durante esa época, se comenzó a utilizar su información para focalizar la entrega de recursos. Hasta ese año, los resultados no eran públicos, situación que cambió en 1995. ¿Por qué?  La idea era que la información sirviera de incentivo para mejorar el desempeño de las escuelas, bajo el supuesto de que las familias elegirían en base a esto. Uno de los cambios más radicales lo experimentó en 1998, cuando SIMCE se alineó más al currículum nacional y comenzó a evaluar más en sintonía con las pruebas internacionales, incorporando preguntas abiertas. Y, ¿qué pasaba con la información socioeconómica? El 2000 fue el primer año en el que se entregaron los resultados desagregados por nivel socioeconómico. A medida que pasaron los años, la prueba y su aplicación siguió sufriendo distintos cambios, que la llevan a ser lo que es a sus 30 años. En esta infografía se detallan los principales como ha cambiado en su historia: Una evaluación controversial Es importante señalar que Chile es uno de los países latinoamericanos que cuenta con uno de los sistemas de evaluación educativa más antiguos y robustos y es el único que tiene un sistema de aseguramiento de la calidad. Al respecto, organismos internacionales, como el BID y la UNESCO, han mirado con buenos ojos la evaluación, pero han levantado sugerencias de mejoramiento. Visiones más radicales han provenido de la sociedad civil y el mundo educativo. La “Revolución Pingüina” y el “Alto al SIMCE” han sido movimientos que han criticado duramente el modelo educativo y la aplicación de la evaluación por considerar, entre otras cosas, que no da una visión más amplia de las distintas capacidades de los estudiantes. A su vez, de manera menos articulada, pero no por eso más silenciosa, distintos grupos de apoderados y comunidades escolares han levantado cuestionamientos respecto de la información que entrega la evaluación. ¿Debe ser información privada o pública? ¿A nivel de territorio, escuela o estudiante? ¿Debe servir para orientar o para cuestionar? En este punto es importante precisar que hoy se encuentra en discusión una ley miscelánea que define cómo se difunden los resultados. La propuesta prohíbe realizar rankings con los resultados de la medición, aunque el actual Gobierno presentó indicaciones para sacar el artículo que contiene esta medida. A continuación se especifican los pros y contras que han sido levantados por distintas voces:   Y desde sus inicios ha estado presente en la prensa: Con todo estos antecedentes, ¿qué hacer con el SIMCE? En un país donde la mitad de los estudiantes no logra los aprendizajes definidos por el currículum nacional para su edad, saber cuánto están aprendiendo en la escuela es imprescindible. En este sentido, el SIMCE es un termómetro de la calidad de los aprendizajes y una herramienta clave para la toma de decisiones de política educativa. Pero, ¿está cumpliendo la prueba su fin de aportar a la política pública y a que las escuelas utilicen los resultados? Considerando que los resultados han sido preocupantes desde que se aplicó y que, prácticamente, están estancados en los últimos 10 años, consideramos que no. Por esto es necesario: -Revisar cuántas políticas públicas responden a lo que los resultados muestran año tras año y, en base a esto, generar acciones que apunten a mejorar la calidad de los aprendizajes. -Revisar las consecuencias que tiene el SIMCE para las escuelas. La prueba genera incentivos de “zanahoria y garrote”, que respectivamente se traducen en bonificaciones y sanciones (incluso cierres). Esto distorsiona la conversación sobre calidad educativa, genera competencia en las escuelas y ansiedad en las comunidades educativas. -Es bueno ampliar la mirada evaluativa hacia un concepto de calidad más integral, pero se debe perfeccionar los instrumentos que miden los indicadores asociados al desarrollo personal y social de las y los estudiantes. El exceso de mediciones es también costoso para las escuelas, y más pruebas no es sinónimo de mejores resultados. -En relación al punto anterior, es importante avanzar a una entrega de resultados oportunos, en formatos que aporten a la toma de decisiones pedagógicas y no a la estigmatización. A sus 30 años, ya es hora que el SIMCE dé el salto y pase de ser un instrumento que sólo arroja resultados a ser una herramienta clave para la generación de políticas públicas.

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