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El importante rol de las escuelas públicas y de los estudiantes en la reconstrucción de Valparaíso

Noticias sobre educación

24 abril, 2014

  Después del incendio en los cerros, Valparaíso cambió de perfil, las calles del centro reúnen y mezclan militares, micros rayadas con mensajes de apoyo, carteles con información de animales perdidos o centros de acopio y estudiantes con palas en la mochila, caminando hacia el cerro. Valparaíso ya no es un arcoíris de múltiples colores, […]



 

Después del incendio en los cerros, Valparaíso cambió de perfil, las calles del centro reúnen y mezclan militares, micros rayadas con mensajes de apoyo, carteles con información de animales perdidos o centros de acopio y estudiantes con palas en la mochila, caminando hacia el cerro. Valparaíso ya no es un arcoíris de múltiples colores, ahora es la ciudad de las palas porque hay que remover las cenizas grises para empezar de nuevo.

 

En medio del desconcierto, son las escuelas públicas las que ordenan y dan sentido. Sus edificios funcionan como albergues y los profesores y estudiantes como voluntarios. En el barrio El Almendral, conocido por agrupar a los colegios más emblemáticos del puerto, hay al menos siete establecimientos públicos al servicio de la catástrofe. Todos con las puertas abiertas, todos entregando ayuda.

 

El otro movimiento estudiantil

 

El domingo 13, al día siguiente del incendio, los profesores del Eduardo de la Barra se presentaron espontáneamente en el liceo. Teléfono y mapa en mano, llamaron casa por casa a los posibles afectados. Constataron que 70 alumnos habían perdido todo. Abrieron las puertas del liceo y pegaron carteles pidiendo ayuda. Los vecinos llevaron alimento y ropa. Fue así como se convirtió en centro de acopio.

 

Al colegio también llegan estudiantes universitarios o de colegios particulares de la región, que usan el liceo como centro de operaciones y de coordinación para subir a los cerros, mochila y pala en la espalda. En estos días, los estudiantes y sus palas son la postal de la reconstrucción.

 

Lo mismo sucede en colegios aledaños. A un par de cuadras, el Liceo Técnico Valparaíso funciona como albergue oficial. Aquí el escenario es otro, son los militares y los funcionarios municipales los que controlan el establecimiento, no la comunidad educativa. En las salas, que se han vuelto dormitorios, llegaron a habitar 200 personas, hoy hay cerca de cien.

 

El inspector general, Ramón Ramírez, tiene sentimientos encontrados. Por un lado, presta su energía para ayudar a los damnificados, pero por otro, ve cómo su liceo ha quedado a merced de la catástrofe. “El problema es que el Estado se ha desprendido de todo lo que tiene, lo único público que le queda son las escuelas”, reflexiona. Así, queriéndolo o no, la infraestructura y el carácter estatal de estos colegios los han convertido en parte importante de la reconstrucción.

 

“NO se necesitan voluntarios, gracias”

 

En la Plaza O’Higgins, a la sombra del Congreso Nacional, hay gente durmiendo en carpas o simplemente sobre un colchón. Es difícil distinguir si son personas que ya vivían en la calle o si llegaron allí al perder su casa en el incendio. Para efectos de la catástrofe, hoy son lo mismo.

 

Cerca de allí, la Escuela Grecia y la Escuela Alemania funcionan como albergues. En sus puertas hay movimiento: gente que entra y sale, bidones con agua y muchos carteles escritos a mano que dicen: “NO HAY vacunas tétano para voluntarios”, “Certificado de Damnificado”, “Ropa Interior NUEVA”, “NO más ropa” y “NO se necesitan voluntarios, gracias”.

 

Por el mismo barrio, se llega a tres emblemáticos vecinos: el Liceo 1, el Salesiano y el Insuco. El primero funciona como albergue animal. Allí, los estudiantes voluntarios cuidan animales heridos, hacen turnos y administran comida. Lo que más necesitan, dicen, son insumos médicos y jaulas. Los otros dos son centros de acopio. Lo que reciben sube a los cerros o se conserva para ayudar a sus propios alumnos.

 

El vínculo del profesor con sus estudiantes otorga a las escuelas un arraigo de base que pocas instituciones poseen. Allí se estableció el primer contacto: a través de una llamada de los profesores o por los apoderados que llegaron a buscar amparo. A partir de los datos que manejan los colegios, es posible constatar con bastante precisión cuántas familias necesitan ayuda en Valparaíso.

 

Al mirar hacia los cerros desde el centro del puerto, no se perciben restos del incendio. Es como si nada hubiese pasado. Lo que se quemó, dice la gente, es el cerro del cerro, la periferia de la periferia. Un espacio invisibilizado donde ni las micros llegan. Pero el ajetreo y las banderas chilenas con mensajes de apoyo indican que algo pasa, porque la bandera aparece con las emociones intensas: para celebrar el 18 de septiembre o para resistir en un tsunami. En el caso de Valparaíso, la bandera acompaña a los porteños ante las cenizas.

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