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El imperativo ético de la innovación

Columnas de opinión

2 mayo, 2016

Columna escrita por Gisela Watson, investigadora de Educación 2020. Años de aplicación de Simce no han revelado una mejora en los aprendizajes de niños, niñas y jóvenes, aunque en los últimos diez años el presupuesto en educación se ha triplicado. Los resultados indican que en Matemáticas más del 70% de los niños y niñas de […]



Columna escrita por Gisela Watson, investigadora de Educación 2020.

Años de aplicación de Simce no han revelado una mejora en los aprendizajes de niños, niñas y jóvenes, aunque en los últimos diez años el presupuesto en educación se ha triplicado.

Los resultados indican que en Matemáticas más del 70% de los niños y niñas de cuarto básico está en nivel insuficiente o elemental, y que más del 60% está en similar situación en Lectura. Son demasiados estudiantes que no logran los aprendizajes que se esperan para su edad, que tienen dificultades para comprender lo que leen o para levantar una opinión fundamentada sobre un texto. Más del 60% de los establecimientos están clasificados en los niveles socioeconómicos bajo y medio-bajo; y a la luz del informe, se entiende que la brecha entre grupos por nivel socioeconómico es aún más dramática: siempre supera los 50 puntos, diferencia que alcanza los 79 puntos en Matemáticas en sexto básico.

Si esta evidencia en años anteriores nos alertó, hoy nos obliga a reaccionar con urgencia. Nos desafía atender de manera directa cómo aprenden niños y niñas y cómo, a nivel país, entendemos lo que significa aprender.

Como toda evaluación, Simce tiene limitaciones. Evalúa aprendizajes en un instrumento estandarizado y no da cuenta de los estudiantes en una mirada integral. Desde la Agencia de Calidad se ha avanzado en incorporar indicadores de desarrollo personal y social, también ha cambiado el modo de reportar la información, para que las escuelas aborden los resultados con orientaciones más claras. Pero esto es y será insuficiente si no vuelve al centro de la discusión la pregunta sobre cómo estamos aprendiendo en las escuelas y liceos.

Los estudiantes que han permanecido durante toda su trayectoria escolar en un nivel de logro crítico merecen experimentar formas de aprender distintas. Diversas investigaciones ya han revelado que las prácticas con mayor impacto en el aprendizaje apuntan a la mejora del núcleo pedagógico: qué y cómo se aprende. Lo fundamental es potenciar la relación entre docente y estudiante, y la dimensión de saber que es objeto de su reflexión. El espacio escolar debe garantizar experiencias de aprendizaje profundas y esa es la tarea país que debería convocar nuestro esfuerzo.

La política pública se ha centrado en generar condiciones apropiadas para el aprendizaje, desde la planificación estratégica, la normativa, el equipamiento o la infraestructura. No hay que desconocer ese camino. Sin embargo, estos aspectos que pueden ser condición de base, no garantizan por sí solos el aprendizaje de los estudiantes. Un sistema que sólo atiende condiciones estructurales y no incide en las experiencias de aprendizaje agota en un punto sus posibilidades sin importar la magnitud de su inversión.

El centro de una institución educativa es la construcción colectiva de aprendizajes. No solo desde los estudiantes, sino de la comunidad en su conjunto. El aprendizaje es social y el deseo de aprender y de asombrarse es innato e igualmente distribuido en cada ser humano, por eso la pregunta por la calidad de las experiencias de aprendizaje es prioritaria y esencial. La regularización de prácticas y la gestión eficiente deben contribuir a dicho proceso, nunca atentar contra él. Deben ser soporte y no el propósito de un centro educativo.

Se ha entendido durante mucho tiempo que innovar en los modos de construir y experimentar aprendizajes es una oportunidad exclusiva para los sistemas altamente normalizados o con estructuras de gestión eficientes. Colombia y México han demostrado experiencias de mejora a gran escala en escuelas de alta vulnerabilidad, en las que la reflexión y cambio sobre el núcleo pedagógico se impuso paulatinamente desde las propias escuelas, atendiendo a la práctica cotidiana, a las situaciones concretas de encuentro pedagógico de docentes y estudiantes, revelando las dinámicas virtuosas de los centros educativos y siendo estas debatidas y compartidas en red. Un cambio desde las bases apoyado por la política pública.

La innovación desde el núcleo pedagógico es hoy un imperativo ético, una obligación. Atender, mejorar y transformar el modo en que el aprendizaje se construye es urgente y fundamental.

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