Ganador del “Nobel de la Educación” en Chile: “Los profesores tenemos que cambiar el mundo en el que nos desempeñamos”

24 Jul
Ganador del “Nobel de la Educación” en Chile: “Los profesores tenemos que cambiar el mundo en el que nos desempeñamos”

A casi un año de su elección como el mejor profesor de Chile, Salamanca conversó con Educación 2020 sobre la necesidad de cambiar la enseñanza a través del vínculo con el estudiante y su contexto.

Una educación distinta a la tradicional, que en el aula dé sentido a los contenidos a partir de la experiencia de los estudiantes y que incorpore a las comunidades en la construcción de la escuela, es la que propone Eligio Salamanca, profesor de La Araucanía que el año pasado se adjudicó el premio Global Teacher Prize Chile.

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“Cuando pasé a segundo básico, mis papás se trasladaron a un sector que se llama Pichilafquen, en Villarrica, donde no había escuela. Ellos y las personas que vivían ahí habilitaron un galpón, lo transformaron en colegio e hicieron las gestiones para que llegara una profesora. Ella marcó mi vocación y la idea de escuela que he ido forjando”, recuerda al ser consultado por su motivación.

Añade que “ahí todos contribuíamos en el aprendizaje. Yo tenía facilidades en lectura, entonces la profesora me pedía que le enseñara a otros compañeros, incluso mayores. También hacíamos proyectos de aula, como obras de teatro, donde todos participábamos”.

Se trata de prácticas que Eligio ha replicado en la Escuela Quelhue, establecimiento unidocente, ubicado a 10 kilómetros de Pucón, donde ha enseñado por 29 años. Es desde ahí donde levantan la campaña para situarlo como el mejor profesor de Chile, concurso que mantendrá abierta su segunda convocatoria hasta el 14 de agosto de 2017.

A nueve meses de su premiación, el docente recuerda la importancia que ha tenido este reconocimiento en su vida. “Siempre he querido ser el mejor profesor para mis estudiantes. Si tienes un buen profesor, tienes la buena suerte de que te va a mostrar un mundo que puedes alcanzar. Considero que este premio fue, por un lado, un reconocimiento a la constancia de tratar de hacer las cosas mejor y también una responsabilidad de continuar mejorando”, manifiesta.

 —A propósito de tu experiencia, en Educación 2020 creemos que la construcción de comunidades de aprendizaje es un camino para la mejora educativa.
—Así es. Todos aspiramos a una sociedad comunitaria, en el sentido de que no es solo una persona, como el profesor, el que puede enseñar, sino que también puede aprender de sus estudiantes. De hecho, mi paso de esa escuela a un liceo urbano, mucho más grande, también me marcó y me fue acentuando el espíritu crítico de la educación tradicional. El que nos nombraran por número y no por nuestros nombres, el ser un poco invisible para el profesor porque éramos muchos y el que aquellos que no aprendían se fueran quedando atrás sin importar.

—¿Cuáles fueron las prácticas que viste en tu profesora de básica y que has replicado en tu quehacer?
—La didáctica que utilizaba de hacer participar a todos desde primer a sexto básico, donde los más grandes y más pequeños nos apoyábamos. Teníamos muchas salidas a terreno, donde observábamos la naturaleza y desarrollábamos habilidades que para mí fueron cruciales después. Pero sobre todo, uno de los aspectos más importantes que recibí de ella fue ese vínculo que tiene que haber entre el estudiante y el profesor, que es lo que le da sentido a lo que se aprende.

—En Educación 2020 impulsamos las Redes de Tutoría, metodología que promueve un aprendizaje donde la asimetría entre docente y aprendiz se pierde, y donde el proceso está centrado en el interés de quien aprende.
—Me parecen que son muy necesarias las innovaciones educativas, donde se promueva una educación más personalizada. En nuestra escuela también tenemos una modalidad de tutorías, donde estudiantes de grados más altos ayudan en el aprendizaje a estudiantes más pequeños (…). Cuando se da ese vínculo cercano, necesariamente va a ocurrir que el aprendizaje viaja no desde un solo lado, sino que es recíproco.

—¿Cuál es tu visión respecto de la educación actual?
—Creo que la educación actual está desenfocada de la realidad. Cuando estudiábamos en esa escuela de campo aprendíamos de nuestro mundo circundante (…), sobre la importancia de las plantas, de los hongos, de la interacción con la naturaleza. Cuando llegué a la ciudad, estudiábamos las partes y las funciones de las plantas en la sala de clases, y yo ya en ese tiempo pensaba: ¿no será mejor hacer esto en maceteros que puedan adornar el pasillo o el patio? Lo que la educación persigue está muy desconectado de la vida real. Los niños escuchan contenidos en la sala, sin que nosotros nos demos cuenta que viven problemas de convivencia, de maltrato o de contaminación que los están afectando.

—Comentabas que la Escuela Quelhue tiene un cien por ciento de estudiantes mapuche. ¿Cuál es la importancia de promover una educación intercultural?
—Cuando trabajamos desde una perspectiva intercultural la escuela se hace parte y se valora desde la comunidad, en una relación recíproca. Es fundamental que los saberes de la comunidad sean incorporados por la escuela, porque esto le da sentido al aprendizaje (…). En Quelhue, de a poco hemos incorporado más la cultura, con la construcción, por ejemplo, de una ruka que se usa como espacio didáctico y como lugar de encuentro con la comunidad.

Querer cambiar la educación

—Mencionabas que tener un buen profesor es una “suerte”. ¿Por qué crees que hay docentes escépticos ante la idea de “dejar de hacer más de lo mismo”?
—Hay muchos aspectos que tienen que ver con los profesores, pero también hay aspectos que tienen que ver con la situación del sistema educativo. Hay mucho agobio administrativo y presión por políticas públicas que llaman a orientar nuestro trabajo a resultados que provienen de prácticas más instructivas, de acuerdo a estándares de aprendizaje que tienen que ver más con habilidades cognitivas que con habilidades de vida. De todas maneras, creo que es importante que los profesores entiendan que quizás no se puede cambiar el mundo; sin embargo, sí podemos dar pasos para eso. Tenemos que cambiar el mundo en el que nos desempeñamos, en nuestras escuelas, nuestras salas, con nuestros estudiantes.

—A nivel de política pública, ¿cómo se debe avanzar en la mejora de la calidad educativa?
—Creo que hay que hacer un trabajo conjunto: por un lado, debe haber un cambio por parte de los profesores, que tenga como foco los aprendizajes de los niños y niñas. Hay prácticas que podemos mejorar para motivar a los estudiantes y para darle más sentido a los aprendizajes. Si a eso le sumamos cambios por parte del Ministerio de Educación que apunten a la valoración del profesorado, a otorgarle más autonomía profesional, a priorizar la función pedagógica por sobre cualquier otra actividad que se traduzca en agobio laboral, pienso que se podrían mejorar los aprendizajes.

—El agobio laboral fue uno de los absurdos que detectamos en el primer capítulo de nuestro Plan Nacional. También vemos que falta proyección de largo plazo en las políticas educativas.
—Creo que esa es una gran verdad. Mientras nosotros, los profesores, nos estamos acomodando a un sistema o a requerimientos que el Ministerio nos hace, ocurre que cambian las reglas del juego. Por ejemplo, los Planes de Mejoramiento Educativo (PME) se tienen que elaborar todos los años, siendo que todos sabemos que los resultados en educación son a mediano o largo plazo. Eso lleva demasiado tiempo que en escuelas pequeñas, como la nuestra, se hace más palpable.

—Para los profesores que lean esta entrevista, ¿cuáles son las prácticas que pueden hacer la diferencia en el aula?
—Una de ellas es pretender darle sentido a la mayor cantidad de contenidos que están presente en los planes y programas, en el sentido más práctico. Contextualizar más lo objetivos de aprendizaje a situaciones que viven los estudiantes. Yo enseño a niños mapuche y para mí es coherente enseñar a partir de los cultivos en invernadero, porque está vinculado a su origen, que es la conexión con la tierra. El que siempre las clases sean dentro de la sala y con la misma estructura es la peor evidencia de que no estamos cambiando la educación, ni la queremos cambiar. Es fundamental que entendamos que la estructura no tiene que ser la misma de hace tantos años.

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